marzo 30, 2006

Quisiera escribir sobre algo loco, como lo que le sucedía a Harry Haller. Quisiera escribir “sólo para locos” y tratar de persuadir a los ocasionales lectores a no leer esto; con aquella advertencia él no logró disuadirme, me atrapó, quizá esa haya sido su intención; aún no le puse título a este escrito: no importa, los títulos no importan, las historias son las que cuentan, ellas importan.
Quisiera comenzar diciendo: «había una vez…» como en general comienzan los cuentos para niños, esa ha de ser la manera como se narra en occidente, donde había princesas y príncipes de los cuales trataban las historias; cortes, magistrados, sacerdotes, obispos, condes, duques…, toda esa vida que no es nuestra, que nunca lo fue; ¡Oh no! No apuesto por una división maniquea del mundo, entre occidente y no occidente; debo recordar además que este es un cuento, una historia, no así un tratado de sociología. Por estos lares; lo digo por achacoso, los cuentos inician así: «Mi abuelito dice que…» también me gustaría iniciar mi narración de esa manera, pero dejaría de ser yo, no me gusta ni el uno ni el otro, las encuentro algo falsas, se nota que fueron inventadas; mi narración es real sucedió hace no mucho tiempo ha.
Recuerdo que no podía poner el título a este escrito; qué les parece: «Yo, el parlanchín», o este otro: «A diario conmigo…» me canso, no puedo ponerle ni siquiera un título a un (mini)cuento y quiero escribir una gran historia.
memorias de un loco
Saben, me gustó iniciar hablando de locura y que mejor ocasión, ésta, para hablar de ella, no lo creen; en realidad no hablare de la locura, os contare una historia mía.
Estoy, creo yo, sentado en la biblioteca de mi universidad; hay gente alrededor que lee y escribe, eso se hace en una biblioteca ¿No? No está llena, a veces suele estarlo: hoy no, esta mañana sucedió algo inexplicable para mi, desperté junto a Bet, una mujer que no había visto en mucho tiempo, anoche nos encontramos por casualidad en una calle paceña, me invitó a beber una copa de vino; acepté gustoso. Saben ustedes, hablamos de todo, recordamos años pasados, experiencias vividas, reímos; estaba feliz, como no lo había estado en mucho tiempo. Nos retiramos de aquel Café a las once y veinte de la noche; subimos caminando por aquel “paseo”. No había mucha gente, algunos jóvenes bebían y con alegría se mofaban unos de otros.
La invité a mi habitación, en la calle Linares número setecientos trece, no soy creyente de nada, por lo que el trece no significa, para mi, otra cosa que una cantidad, un número como cualquier otro; lo hago saber porque algunas amigas me hicieron notar aquello.
Gustosa aceptó. No creí que lo haría, lo había dicho por decirlo sólo, pues, ella antaño solía evitar salir conmigo y me plantó muchas veces, entonces pensé: «vaya que cambió… ¡Mucho!» Aunque luego reflexioné: «ha de hacerlo por cortesía, seguro que luego de unos minutos se va, me dará alguna excusa y yo la dejare ir aunque no le crea realmente» mientras esto pensaba, ella comenzó a hablar, contó de sus viajes y aventuras, había viajado por algunos países de Europa, había conocido Paris, donde conoció a un músico de jazz llamado Jean Paul, un gran jazzista en su decir. Sus juicios e ideas me sorprendieron, no me parecía la chica que conocí tiempo atrás, me sorprendí por haber mantenido ese juicio de ella, la intentaba encajar en aquel pasado, erré.
Entramos a mi cuarto, mi cubil. La ví cerrar lo ojos al entrar y ver por primera vez mi habitación, también me sorprendí por haberla dejado llegar tan lejos; su rostro irradio dicha, luego dijo.
– Extrañaba algo como esto, no es como los otros pero es tan…
– Parecido?
– No…!
– Similar?
– No, no, no… no puedes comparar. Agrego con voz suave, pero categórica, luego continuó. Cada uno tiene su… esencia, lo suyo, lo que hace que sea único.
– Vaya que cambiaste?
– No me digas que tu no? Me miro inquisitiva y segura, como nunca lo había hecho, no la reconocí.
– Oh si! Todos los hacemos, no te parece?
– No esperabas esto de mi verdad?
– No, no lo esperaba; cuando te ví hoy por la calle, vi a la chica que hace años conocí. Veo que no eres la misma y me sorprendes, no sé como obrar, me siento… como en medio de la selva a plena noche, sin mapas ni brújulas, sin saber a donde ir, pero sabiendo que debo ir a algún lugar.
– Tranquilo! Dijo con su suave voz de Miss Lady Day. Yo te ayudare. Agregó y no se bien a que se refería con eso.
– Ayudarme en qué?
– Ven aquí. Extendió sus brazos, como una madre a su crío; me extendía sus brazos ahora, y yo lo había deseado hace tiempo, esto era irreal para mi, no lo creía y no lo quería creer; obedecí.
– Sigo siendo aquella, mírame. Ordeno enérgica y tierna. Desarmado sólo podía obedecer, no quería echar a perder aquellos momentos; si era un sueño: lo soñaría, si era real: lo viviría. La había soñado tiempo ha, tantas veces, haciendo lo que ahora, la había soñado de esta y de otras maneras.
Luego de conversar, le ofrecí más vino, abrí lo mejor que tenía. Bebimos una, dos, tres, botellas; reíamos y recordábamos; a esas alturas mi cuarto ardía con nuestros cuerpos entrelazados. Quizá no fue así, no lo recuerdo; quizá me dormí y ella se durmió junto a mi.
Ahora, cuando vuelva, no espero encontrarla, la dejé en la calle, la ví; era una chica que vestía un pantalón “jeans” azul, algo desteñido, una polerita rosada con mangas blancas, algo ajustada a su talle; al parecer esperaba el autobús; la vi y me figuro que no lo notó, no notó que la miraba, no notaría mi presencia. Para mi, por sobre el bullicio, por sobre toda esa gente, ella era única, estaba ahí, no sonreía, esos labios no sonreían, esos ojos miraban sin reconocer a ninguno a los transeúntes; no a mí, yo no era algo para ella, era una nada, era un vacío. Ha pasado el tiempo, estoy frente a hormiguitas encolumnadas que llamamos frases. Debí hablarle, debí intentarlo: ¡No! No debo.
Otro día se fue ya, otra noche que llega, no es otra. La gente sale de las oficinas, invaden ésta calle, nadie saluda a nadie, quisiera ver como A. Roquentin: sombrerazos; todos obran como desconocidos, deben serlo seguramente. Los automóviles zumban por la calle y en la acera: la gente. No los quiero ver y los veo: pronto llegare a casa, pronto estaré a salvo. Hace tanto que no veo a nadie conocido. Vida se fue, nunca supe a donde, no la llegue a conocer; Xina también se fue, no hay quien me diga las cosas de frente y con franqueza asesina, la amaba por eso. No está ninguna de ellas. Voy a volver a salir. Este encierro no lo soporto, la calle me recibirá, esa multitud me incluirá, al menos estaré ahí.

Otra vez en este Café.
– ¿Qué se va a servir, señor?
– Una botella de vino tinto y una ramera en “jacuzzi”.
– ¿Perdón?
– No haga caso y tráigame el vino, por favor.
– En seguida se lo traigo.
No debí decir aquello, debo cuidarme de decir las cosas, no estoy en mi habitación y podría resultar nefasto.
– Aquí tiene Señor. Descorcha y sirve un poco en la copa de cristal, de la que antes de mí alguien más habrá bebido, como lo harán después de mi también; la bebo de un trago, luego sirve copa llena.
– Gracias. Se va.


– Buenas noches señora, puedo invitarla a… bueno asistiría conmigo a una función? Duda un poco antes de contestar, aunque lo hace con naturalidad.
– Espero a alguien.
– Desde hace una hora?
– Es observador usted.
– No siempre.
– Cuándo le conviene?
– Si quiere tomarlo de esa manera, por mi está bien.
– Me decía…?
– Hay una función de… no puedo decirle, le gustaría acompañarme?
– De qué se trata? Teatro? Cine?…
– Prefiero no decirle…
– Una sorpresa…?
– Si desea tomarlo así, no objetare.
– No me lo dirá?
– No.
– Vamos entonces.
No salió como pensé, pero aceptó, ahora qué debo hacer, no debí hablar, debí callar, debí dejarla en su mundo y su espera; qué debo hacer ahora. No, no, no, no funciona de esta manera, ellas no contestan de esa manera, nadie lo haría, ellas contestarían con desconfianza: si; esa mujer por ejemplo, la que esta allí, junto a la ventana; no parece que aceptaría, está sola, pero se nota que espera a alguien, vio su reloj en cinco oportunidades en diez minutos, espera a alguien eso es seguro. La que esta por allá, debajo del retrato de Marilyn, ella está ensimismada, tiene una hojas frente a sus ojos y seguro que no contestaría de esa manera. A qué función las llevaría, no conozco nada de teatro, no conozco nada de música, nada de nada. Inventar ¿Inventar? Claro, inventar, crear una función, tu… yo interpretaré un personaje y ella, quién sea: otro personaje, yo seré un caballero, tu una dama, interpretaremos una obra caballeresca; yo diré buenas noches y tu contestaras igual, yo diré muchas cosas y tu contestaras a cada uno de mis enunciados, y lo harás por no parecer grosera, me echaras en cuanto puedas, dirás que no tienes tiempo y yo… deberé marcharme.
Es otra noche perdida, no le hablé a la mujer de la ventana y no le hablé a la que estaba debajo de Marilyn; a la primera la llamé Vida, a la segunda Bet. “Vida” me miró un par de veces y sonrió un poco, quizá sólo una mueca. “Bet” no lo hizo explícitamente, la ví, en dos ocasiones observándome por el rabillo del ojo. “Vida” parecía más dispuesta a conocerme, aunque su explicites puede ser una forma de ahuyentar posibles conversaciones; ello me intimidó un poco. “Bet” puede haber estado más dispuesta, pero no lo hacía por no parecer obvia, por no parecer ligera. Maldita sea, como puedo saber si no les hablo.
La última copa, mis músculos están relajados y estoy ebrio.
Otra vez en la calle.
Ese café me vomitó, ahora mi habitación me engullirá; mañana, si llego a mañana, me vomitará el para que otra estructura me trague; a diario me ingurgitan y regurgitan, me regurgitan e ingurgitan. Esta noche quiero estar acompañado, quizá llame a cualquier servicio de acompañantes y juegue con alguna desconocida a amarnos; no hay nadie en casa. Vida partió del café y Bet también, sus sitios fueron ocupados por otras personas, y el mío. Mañana partiré a un largo viaje.
La muerte se me apareció en un viejo y la esperanza en una niña, la niña parecía Kate, no la veo hace tanto, extraño jugar con ella a la patineta, extraño sentir sus manitas pequeñas y calientes…; la muerte se parecía a mí, más canoso y arrugado: más viejo, era yo, yo mismo buscándome. Quizá muera mañana en el viaje que emprenderé. Esperanza, esperanza de volver seguramente: «quiero volver». No creo en los sueños, pero me sobresalta, me da temor y temblor lo que hoy paso, lo que soñé.


El viento sopla, hace frío. La gente surca las calles, están abrigados, llevan abrigos, bufandas, guantes y demás atavíos; el día está cubierto de nubes, hay algo de niebla que corre por entre los cuerpos, se me antojan fantasmales. Hasta aquí llegue bien. El tren partirá a las cuatro y media, es seguro que se retrasara; deje mi maleta y un baúl que me obsequio Cristinne: ¿Qué será de ella?. No llevo mucho, no quiero cargar con el pasado, quiero vivir lejos de mi habitación, quiero alejarme, estoy lejos y él sigue teniendo influencia, dominio en mí: «debo ir más lejos aún, para olvidarlo, borrarlo». Son las cuatro y veintidós, será mejor que aborde, no quiero retrasarme. El tren es algo viejo, su metálica y roja estructura esta cubierta de sarro; dentro me recibe una mujer, se muestra gentil, me conduce a mi sitio, tengo el asiento veintidós: «una coincidencia especial». Los asientos están tapizados con un paño rojo, delgadas líneas negras lo surcan cada pulgada, no son muy cómodos. La gente aborda ya poco a poco: mujeres, hombres, niños; cholas, qáras e indios, todos abordan sin distinciones. Recuerdo a mamá en el rostro de una chola, que lejana su presencia, no pensé hace tanto en ella; parto para huir también de esos recuerdos. Me siento menos ido, algo nostálgico, hasta que percibo una mano sobre mi hombro, no reconozco ese rostro, es el bibliotecario, me informa que deben cerrar; me veo lloroso y triste, todo lo he vivido… ya no está la chica de pelo castaño, a mi derecha, me miró un momento y sólo tengo ese recuerdo; debo hablar con alguien, con quien sea, debo decir lo que siento, debo vivir…
Os invito visitar: www.preambulorojo.blogspot.com y luego... que importa el luego...

marzo 16, 2006

...vacío... vacío

Esa mañana desperte y desde el alba supe que ese día sería diferente, no lo sabía bien, no podría saber porque tenía ese presentimiento, además es algo muy extraño, no creo en cosas como esas: destino, suerte; para mi todas esas cosas se reducen a un mero mito, un mito que hace que los humanos tengan una vida social estable, me pregunte por tanto tiempo que era la vida estable, que significaba ser un hombre social, pero nunca halle respuestas, cada vez halle más preguntas, cada vez terminaba con más preguntas de las había iniciado. Hoy pudo ser un día diferente; es más Desdémona, me había hecho desearla, me había llenado de esperanza, de pasión, es que ella dice: "yo le esperaba desnuda y temblorosa en mi lecho, con la mirada fija en el rectángulo sombrió de la ventana, hasta que en el alfeizar aparecían sus ojos de fuego..."* como me había hecho desearla, como deseé tras cada palabra que fueran mis ojos lo que la descrubiesen... deseé tanto y no tengo nada, no tengo más que un puñado de reacciones químicas a las que llamamos emociones, tengo mis putas emociones arremolinandose en mi garganta, quemando el gaznate, y en mis ojos; maldita la hora en que nací, y de nada me sirve maldecir, mejor me sería morir, es una salida fácil, la salida más sencilla y la he huido tanto tiempo, la he huido de noche y de día, no debo pensar en eso, no debo... nunca creí en los deberes.
Recibí una carta, no figura el nombre, no sé de quien se trata, no sé si me amó o no lo hizo, nunca sabré si fue real... o pura imaginación; la letra era de una mujer, escribe de corrido, me dicen sus letras, una letra menuda, casí infantil, a mi me parecía que danzaban sobre esa cuadrícula, danzaban alegremente, ajenas a este mundo, ajenas a lo que transmitían, ajenas a su mensaje, para ellas sólo danzaban; me acusó de ser egoista, que gran verdad, me dije yo, que gran dolor dije cuando supe que era verdad, para consolarme pensé: acaso no lo somos todos; si, me dije y me sentí mejor; en el fondo, una frase común, un lugar común, en ese fondo, en ese basurero, en ese abismo sé que me miento, sé que el mundo es tan perfecto, donde hay gente saludable, gente que no es agoista, que lo da todo por el projimo... mentirosa, eres una mentirosa, tu eres tan egoista como yo, pensé y no me lo creí, el mundo es tan saludable, con gentes dispuestas a dar la otra mejilla, que oyen a los demás que no se sienten solos; cuanto deseo yo esa vida para mi, cuanto deseo sentir el mundo así, cuanto deseo, percibir el mundo de ese modo, sin cuestionar nada, sin preguntar nada, creyendo que lo que me enseñaron mis padres, la escuela, la sociedad es verdad, que debo casarme y tener hijos, que debo estudiar y lograr un título, una profersión, que luego debo trabajar, en una oficina independiente, en una oficina del Estado, que debo ser un avesado explorador o un artista excentrico, pero no que debo ser yo, eso no es lo que se debe hacer, no se debe ser uno, no debo ser tan avesado como para ir un poco más allá, no vaya a ser que me consideren loco; uno puede ser artista y se le toleran sus arranques, se le considera excéntrico, pero no deb ser el mismo, debe encarnar ese personaje cuidadosamente elaborado (por el tiempo, historia y la cultura, la "civilización), pero ¡malditos honbres convencionales y fervientes seguidores del deber: soy un loco!!! He deseado señoras y señores, he deseado con todo el alma ser así, y aún lo deseo, creanmelo, soy un ferviente perseguidor de ese fin, quiero ser sólo un poco loco, quiero representar ese papel en la sociedad sin salirme de ella, sólo quiero escribir, o hacer arte, pero no ir un poco más allá, quisé eso señoras y señorea, si algo puedo decir a mi favor: lo quise, yo quise escribir y que me tributaran un poco de culto, quise ser reconocido, como escritor o como poeta, o como artista, quizás actor, cometí el error de ir un poco más allá, cometí el error de preguntar: ¿por qué sólo se puede llegar aquí?... no señores la pregunta no lo fue todo, yo fuí, en verdad, que fuí más allá y vi, ví que este mundo es una fantasía, que este mundo es una construción social e historica y vi que el individuo es la verdad, que la comunidad no existe, que existe el individuo, que las comunidades han sido una necesidad: para protegerse de peligros, para satisfacer necesidades, pero despues, es el individuo que hace a la sociedad; he visto que nos hacen creer que la sociedad es anterior al individuo; luego vienen todas esas otras mentiras, esas grandes mentiras, lo voy a decir, aunque me condenen a muerte, la muerte sería para mi, lo mejor: Dios, amor, fidelidad, seriedad, todas, señores, todas son mentiras que por comodidad no son cuestionadas, es más, sentenciamos: ay de aquel que las cuestiones! Cual leproso será desterrado... señoras y señores, yo fuía todavía un poco más allá, no sólo hice eso; oh indignidad! Fuí yo mismo, deje de actuar, deje de representar al artista, ese había sido mi error.
Quería... yo quería ese mundo, quería ir en ese bus que llamamos, la época contemporanea, quise subirme a las modas, quise escribir para un público, quise escribir para unos lectores, quise hacer lo que quise hacer por los otros, por esos otros que me prodigarían absurdos, como el respeto, la admiración; ya no quiero nada más, ya no quiero ese mundo, ya no quiero esa falacia y por culpa de ella es que sufro... pues, quiero ser yo.
Es un desvario, es sólo un desvario, otra vez creí y caí, otra vez quisé vivir y encontre la muerte... ya no importa señoras y señores, espero sus piedras, espero que sean certeros y me maten, no se preocupen por mi sufrimiento; si es del cuerpo, no es más que físico, pasa, ya me han dañado en el alma, es eterno, queda y duele, siempre duele como si fuera la primera vez; no hay perdón que pueda borrarlo, no hay... lancen sus piedras, pueden solazarse en mi muerte y con mi muerte, golpeen mi cuerpo, arrástrenlo, pero por lo que más quieran, por lo más sagrado en lo que crean, no duden, ni crean que tienen la razón, no crean que me conocen, por unas palabras vertidas, que es sólo una fracción. Si no han de ser sus piedras, que sea el cadalso, si no han de ser sus manos que sean las del verdugo, que se cubra el rostro, si quiere, que me mutile con una sonrisa, si prefiere... me duele el pecho, es un dolor intenso... oh! mis señoras, mis señores, me habría gustado ser como ustedes, me habría gustado no preguntar... me habría gustado actuar.
Sólo soy un pobre solitario, que quiso ser aceptado; primero por sus padres, luego por sus compañeritos de escuela, de colegio, de universidad... de nada sirve, de nada me ha servido ser un ser vivo de nombre: humano, prefiero mil veces mi animalidad, prefiero mil veces mi locura... mejor callo, ya nadie presta atención a los quejidos de un muerto, ya nadie presta atención a la vida de un... nada, nada queda, ya he muerto, pero he sido yo; muero porque no quiero actuar.
*Fernando Savater "Habla Desdémona" en Atar a la rata Nº 18