Hace más de cuatro años, cuando entre por primera vez a la Universidad –y no me refiero al ingreso como estudiante inscrito, sino al acto de entrar a un espacio–, sentí algo de miedo y nerviosismo; ya que no sólo conocía un nuevo ambiente, sino que quería ya ser universitario. Antes de ingresar a la Universidad, había oído historias que me narraban hermanos y alguno que otro maestro en colegio; historias de los años setenta, en que el pueblo y los estudiantes de esta casa de estudios se enfrentaban a gobiernos militares, a dictadores como H. Banzer, L. García Mesa y otros; me decían que la Universidad luchaba junto a su pueblo y solía ser la luz, la guía intelectual; los universitarios, me decían, eran combativos y manejaban mucha ideología –y aquí no voy a discutir si aquella era alienante y foránea–, por lo que eran bien vistos y en general encabezaban los movimientos y las acciones de protesta, siempre junto a su pueblo y por su pueblo. El tiempo pasó, no sólo desde aquellos años, sino también desde que ingrese a la Universidad, donde pude comprobar que mucha de esta historia era real, aunque ahora devenía en mito.
Ha pasado el tiempo y hoy es catorce de septiembre de dos mil cinco, escribo ya la tesis de licenciatura al par que curso el último semestre de una carrera y soy ya estudiante de otra. Hoy cerraron la Universidad, dice que no hay dinero para infraestructura, investigación, interacción social y hasta para el prefacultativo (véase la resolución del HCU de esa fecha), no logro comprender muy bien estos argumentos, especialmente el último, pues hasta donde conozco, el curso prefacultativo se autofinancia con el dinero de las inscripciones que pagan los postulantes a una facultad, esto me hace dudar al menos sobre este argumento; lo que se refiere a infraestructura tampoco me queda claro, disculpen lectores quizá no parezco muy avispado; pues, si piden al Estado para infraestructura, me pregunto: ¿Por qué nos cobran el mal llamado “aporte voluntario” que según dicen es para infraestructura?
Como verán y así es como yo lo veo, la Universidad, sino todas al menos la San Andrés, ya no es la misma de hace años, ya no es la de los setentas, ni los jóvenes alumnos los son; ¡Claro que no lo son! ¡Oh! Por cierto no deseo volver al pasado ni quiero aplicar aquí, aquel razonamiento nostálgico del argot popular, que reza: todo pasado siempre fue mejor, no, no quiero ello, quiero más bien cosas diferentes y me parece que este nos es el espacio ni el momento para enunciarlo. Veo, con mucho pesar, que “mi” Universidad, es ya de derecha, de nada le sirve pregonar su izquierdismo, que sólo resulto ser su malograda pretensión, digo esto por lo siguiente y si me equivoco o encuentran incoherencia, ruego sean condescendientes con el esto escribiente, pues, fui formado por esta Universidad de que os hablo, en todo caso, si hubiese quedádome con la educación que me fue prodigada por ella, creedme que no estarían leyendo esto, mejor vuelvo sobre mis anteriores pasos; pienso que la derecha no es de derecha sólo por el modelo que pregona y enaltece y que hoy se identificaría con el libre mercado, por decir algo, sino porque, y esa es su esencia, vela por los intereses de minorías, grupúsculos de personas que defienden sus “derechos”, velan por los pocos en detrimento de los más, de las mayorías; ahora bien, acaso no esta haciendo eso la Universidad cuando pide lo del IDH –y aquí dejo el sesgo con intención, por lo que no discuto la legitimidad o legalidad de aquella “reivindicación”, al menos, en los corrillos de la universidad oí a estudiantes, protestar en voz baja, enunciar: “si sólo es para aumentarse los sueldos”, etc.–, en todo caso para no parecer totalmente derechista se alió con alcaldías, que tampoco son un dechado de virtudes, acaso no esta velando por los intereses de unos pocos, ergo la Universidad es derechista.
Esos días fueron de movimiento en las aulas, nos quisieron sacar a marchar, dicen que si no vamos seremos sancionados, en realidad ya no importa mucho las sanciones; durante estos años, paulatinamente, fui decepcionándome de la Universidad, en todo caso de sus docentes, administrativos y alumnos, aunque debo, por ecuanimidad hacer conocer las excepciones, honrosas, que por cierto son pocas –los que crean ser de este grupo, no sean jueces de si mismos. En mayo y junio de este año, lo recuerdo, cuando el pueblo se levantaba y luchaba, los que ahora nos presionaban no nos presionaron y ni siquiera en algunos casos participaron de aquellos movimientos; hubo centros de estudiantes, como el de Psicología que hasta publicó un ominoso comunicado, en el que instaba a sus bases a no participar por la poca madures de los estudiantes y porque no iban a sacarlos como a ovejas, no se si ya habrán madurado presionados por el presupuesto. Otro fue el de Ciencias de la Educación, que se dio “vacaciones”, pues el día en que la UMSA salió a marchar no estuvieron presentes y estuvimos sólo cuatro estudiantes, todos de El Alto, uno de ellos de Viacha, ninguno parte del “centro”; en aquella ocasión no se habló de sanciones o cosa parecida para estudiante que no marchase, que no apoyase al pueblo. Como dije anteriormente, la Universidad por la que me decante en mi ignorancia, me decepcionó, hoy hasta siento vergüenza de reivindicar aquel “título”: universitario, ya que para algunos aquel termino es sinónimo de ebrios –aunque ellos lo dicen con mayor rudeza– y bailarines, ya no somos vistos como estudiantes, como portadores de conocimiento, de ideales, de conciencia, de compromiso y siempre en pos de la excelencia, al interior no se valora la crítica y ésta es al parecer la esencia de la excelencia, hasta se valora más a quien es capaz de formar roscas y camarillas. A veces, cuando soy muy pesimista –para algunos realismo–, veo el Monoblock de Emilio Villanueva como un retrete gigante, un retrete que excreta excrementos, y me doy asco de aquella visión, pues “soy” universitario, soy estudiante que debe compartir espacios con estudiantes y simple y llanamente alumnos. Pueden decir que esto es un “atentado” contra la autonomía universitaria, si decir una verdad es atentar, que vivan los atentados como esos, prefiero pensar con libertad, que someterme a la voluntad de la mediocridad, prefiero hablar que ser visto como parte de ese repugnante excremento, ¿Habrán algunos que se sumen a esto? Quizás, y es de seguro que serán las excepciones. La Universidad, pastiche de Europa debe ser otra, es un imperativo vital. ¿Qué logra la Universidad cuando para? Perjudicar a los estudiantes, a los alumnos no los perjudica… pienso que es al revés, a los estudiantes no los perjudica, ellos ya saben lo que quieren, atenta contra aquellas hordas de alumnos, los hace más mediocres, este parece que es el peor mal y el peor atentado.Para finalizar, traeré a colación a Rene Zabaleta Mercado, que en Bolivia: la Formación de la Conciencia Nacional, en la última parte del escrito dice –así es como lo recuerdo, no tengo el libro a mano, la biblioteca esta cerrada–: hay generaciones que desertan a la historia, me parece que esta generación lo hace, emplazo a que no lo hagamos.