octubre 09, 2006

A DIARIO (fragmento)

A diario
Libros Tre-c

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Lucian de Silenttio

A DIARIO

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Edición Única
Septiembre 2006
© Lucian de Silenttio

A Diario
Edición impresa, 2006
La Paz – Bolivia

Impresión y Encuadernación
"el loco" Artes

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A la q’isirmita




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También ellos necesitan ser muchos para existir.
Yo vivo solo…
Jean-Paul Sartre, La nausée




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La piel arrugada de su rostro formaba pequeños surcos, era el tiempo diciendo presente, eran los años, las experiencias… Llevaba una chompa de lana azul pastel, encima de la chompa un corpiño azul marino de lana también; debajo de aquellas prendas asomaba una camisa blanca, que no debió mudarla en mucho tiempo, el sudor había manchado hasta las puntas del cuello, que aparecía moteada en tonos de gris. Un pantalón azul, quizás negro, cubría esas piernas que lo llevaban, que lo habían llevado por doquier. En la mano llevaba una sakhaña, una bolsa de yute blanco, que por la mugre parecía amarillo; ¿qué llevaría allí? No lo sé, posiblemente sus sueños. Unos vivaces ojillos café, descoloridos ya por el tiempo, asomaban sobre huesudos pómulos, ¿qué cosas habrán visto esos ojos? ¿Qué tristezas y alegrías habrán presenciado? ¿Por quienes habrán llorado?

Dijo que lo habían asaltado dos hombres, cuando llegó a la ciudad; venía del campo. Se me acercó parco y tímido, me pidió unas monedas: «tengo hambre, quiero comer» dijo el anciano, sin temor; «siéntese aquí» contesté tomando la mochila y poniéndola sobre mi regazo. Se sentó con parsimonia, como si tuviese que interpretar muy bien su papel, como si no quisiese ofender a nadie.
La mujer de pelo castaño sentada al otro lado, que debió tener algo más de treinta años, recorrió arrastrando las nalgas sobre la madera amarilla de la banca, lo hizo como si huyese de un leproso; luego de unos minutos se fue. El anciano se sentó y comenzó a hablarme de su hijo; creo que sólo quería ser amable y amistoso conmigo, con el hombre que lo había invitado a tomar asiento; quizás no sabía que decir, ¿de qué hablar a un desconocido? Ahí estaba, sin embargo, hablando de un hijo que yo no conocía, que nunca conocería. Dijo que ese hijo llegaría de Bermejo, en Tarija; dijo que traía harina desde Argentina. Por un momento se calló, le pregunte: «¿usted de dónde es?» No me oyó y continuó hablándome de aquel hijo viajante de comercio. Se calló y nuevamente insistí: «¿usted de dónde es?» Esta vez tampoco oyó mi pregunta; continuó hablando, pero esta vez de su vida. Contó que conocía Valparaíso, en Chile, donde según él, aprendió el latín, aquella hermosa lengua muerta; acto seguido, pronuncio una jerigonza que no comprendí. Continuó hablando de su vida, también había aprendido inglés, dijo: «eso he aprendido en la frontera», no sé a que frontera se refería; no pregunté, pues ya había caído en la cuenta que era sordo. Al parecer, era un hombre que había viajado mucho, dentro y fuera de este país. Luego me habló de su mujer, una peruana de la sierra; esto me relató él: «estaba en una plaza de Arequipa, cansado estaba sentado; ella me acerca y me pide: regálame plata, no tengo para volver a mi pueblo, me dice y yo tenía harta plata ―se lleva la mano al pecho, al lado izquierdo, sobre el corazón; hace un ademán con la mano para indicar un bulto ahí―, había vendido mi toro y coca que he llevado, le hey dado diez pesos y ella alegre siempre sia puesto; hemos comenzado a hablar y hemos ido a comer, luego mia llevado adonde sus papás. Ahí me han recibido bien siempre; yo he pedido dos cervecitas y la señora mi dice: ¿dos botellas? No, dos fardos ley dicho, como tenía plata ―me dice, posando los ojos en el horizonte, como si viese… como si viviese aquel momento pasado. Luego han llegado sus familias, hartos son y me reciben ―él pronuncia algunas palabras, sólo puedo reconocer el idioma, es quechua; no sé que significa eso que acaba de decir―; tu eres bolicha me dicen y me abrazan; ¡bien buenos siempre habían sido los peruanos! Cuando ellos llegan, yo mi pongo de pie y les saludo, me bajo mi sombrero y ellos me dicen: ¡No! Tranquilo nomás quedate, acaso somos dioses. Esa noche no hemos dormido con mi señora, estamos hablando con sus familias nomás…» Su mirada queda fija, sobre un punto que desconozco. De pronto parece interesarse por mi vida e indaga: «¿usted de dónde es caballero?» Me dice caballero, aunque no tengo la más remota apariencia de caballero. Me mira de frente. «De p’isaqaywiña», le digo en buen aymara, y como quien se siente con la potestad de dar o no la palabra, me interrumpe y continua hablándome de lugares, menciona: «Sapahaqui, Patacamaya, Totorani, Jukuri, Wichuraya, Calamarca» y otros lugares, nombres de pueblos que no puedo retener en la memoria: «de joven todos esos lugares he caminado. Paisanos habíamos sido» dice, luego continua: «estoy esperando que llegue mi hijo nomás», se queda en silencio: «va vender harina, un millón me va dar siempre, con eso mede ir a mi pueblo», dice con aire nostálgico. Habla un poco más de su juventud; mientras yo pienso en los billetes de antaño. Quizás continua hablándome por cortesía, para no parecer grosero, para que yo no crea que él sólo quiere mi dinero… un poco de mi dinero; ambos sabemos que esa es la única cuestión que nos une, o tal vez espera que yo diga algo, pero no sé que decir a este anciano, su vida ya esta acabando. Gira un poco sobre el asiento, se pone de frente; mientras habla, puedo observar que le faltan los dientes delanteros, las encías desnudas se muestran a cada palabra. «Más tarde nos vemos, vamos a hablar ya caballero, iré a comer aura» dice como corolario de nuestra conversación; le doy un par de monedas grandes que saco del bolsillo al azar y lo dejo partir; estrecha mi mano con afecto, con la confianza de viejos amigos; luego sin más palabras, recoge del piso esa bolsa sucia de yute y se va caminando, algo encorvado, paso a paso se aleja y se confunde con la multitud; aún lo veo, cruza la calle, llega a la acera, cruza delante un puesto de comida, ni lo mira; se pierde en la esquina y no lo veo más.

Ahora otra vez la multitud hormiguea a mí alrededor. El zumbido bullicioso de los automóviles se oye, se funde con el sonido de las pisadas de los transeúntes: sonidos fuertes, sonidos tenues, bocinas, voces y mucho más. No era esta la manera como había pensado comenzar, pero ya comencé y debo continuar.

Había estado pensando, antes de que llegase ese anciano, en cuál sería la mejor manera de iniciar este relato; quería iniciar de un modo novelesco, de un modo trivial, tal vez. Había pensado iniciar así, creo: «Sabía que pronto nos despediríamos, pronto diríamos adiós; todo por iniciativa mía, yo sabía que me dolería: mucho, poco, no lo sé; dolería, que importaba…» Quería describir este lugar: la casa amarilla de enfrente, la heladería de en medio de la calle, la policía del control de tránsito, el árbol seco a mis espaldas. Quería escribir sobre mis actividades de la mañana, decir por ejemplo: «he recorrido esta calle, de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, desde las diez menos cuarto, en busca de mi plumafuente… ¡que plumafuente! Bolígrafo, puntabola…» Quise describir alguna muchacha colegiala que fugó del colegio esta mañana; a alguna mujer atractiva, a algún hombre desconocido que cruza la calle a toda prisa; el clima, la temperatura, el paisaje… de edificios y techos de casas antiguas. Finalmente estoy aquí, escribiendo en la calle, sentado sobre el pasto verde y suave, junto a flores multicolores; escribiendo no lo que pensé escribir, sino lo que sale y es esto que sale, es lo que brota.

Son las dos de la tarde, un suave vientecillo golpea mi rostro y arremolina mi crecido pelo. Me encuentro en medio de una concurrida y bulliciosa calle paceña, por donde hubieron cruzado gentes mil, hoy y desde hace muchos años. Ya me figuro a hombres y mujeres de otra época, vestidos a la mejor moda de los años veinte, treinta…: sombreros, bastones y polainas, “corses”, abanicos y paraguas; atavíos de aquella época. Cada época tiene las suyas. Hoy vestimos de “jeans”, poleras y zapatillas deportivas, zapatos… definitivamente hemos cambiado, bastante y lo seguimos haciendo.

Hace cincienta años, tal vez un poco más, no pisaba este paseo, un bulevar de esa época, ni una sola chola, menos aún una india, un indio; hoy lo surcamos a diario, hoy hollan con sus pies: cholas, indias e indios por centenares.

Algunas casonas no cambiaron mucho, casi nada; sólo la pintura y alguno que otro accesorio ornamental. Están ahí, la hoy Academia de ciencias, el Museo de Arte Contemporáneo, el Museo Nuñez de Arco, la tienda de comida rápida del rey del cemento; y quedan otras, con los muros desconchándose, olvidados. Con el tiempo, también se erigieron ofensas como el Alameda, que se yergue altanero y obtuso, como el cholo dibujado por Arguedas, el inconforme alienado, típico hombre de principios del siglo veinte. Los hombres pasan y las obras de estos quedan, mudos testigos de la historia… no sé ya ni lo que digo, ni lo que pienso; será mejor que calle, al menos por hoy, aunque no quiero callar, no deseo hacerlo… pero tampoco sé que decir. Será mejor que marche de este lugar; hace frío ya, se me entumió la pierna izquierda y la sombra de los edificios se agiganta cada segundo que pasa; la sombra se hizo: «ya no tengo palabras.»

Prefiero estar aquí, afuera, en esta calle concurrida y no en mi habitación; aquí hay gente, aunque nadie me dirija la palabra, aunque nadie me mire, aunque a nadie le interese mi existencia: no estoy sólo, no estoy a solas conmigo; me siento parte de esta masa amorfa y anónima en movimiento. No es tan sencillo; hay gente, es cierto, la calle esta atestada de mujeres y varones, de viejos, adultos, jóvenes y niños… lo sé, ellos pululan, se mueven de un lado a otro. Nadie puede librarme de estar a solas conmigo, en mi interior, es ahí que nace el sufrimiento, es ahí donde esta vacío , donde estoy solo, donde no tengo a nadie mas que a mi mismo para socorrerme. Quisiera estar con alguien aquí dentro, quisiera tener compañía, una amiga, un amigo… quizás lo tengo, si, lo tengo, solamente sucede que no quiero su compañía, no me gusta su compañía. La que tengo es absurda, es detestable, no puedo exteriorizarla; no se puede exteriorizar el temor del ser… o de no saber lo que uno quiere; si lo que quiero es “bueno” o me hará bien: no lo sé; quisiera estar seguro, siquiera una vez, quisiera conocerme bien, quisiera saber como todos, lo que quiero; me gustaría tanto vivir, vivir como lo hacen los demás: con calma… me parece que toman las cosas con ligereza, lo toman con naturalidad, lo toman como su sino, como su suerte, como un designio de Dios, de los dioses: ¿yo…? No sé nada, no me ayuda toda esa literatura, ni la filosofía, ni la sociología. Mas bien, me ayuda… ¡que me van a ayudar! Me destruyen, apaciblemente, sin prisa. Quiero ahora, en este momento, la compañía de Beth: si, quiero su compañía o de otra mujer, cualquier mujer, no importa quien, sólo tienen que ser mujer, si, eso es: tiene que ser mujer; un hombre no entiende ciertas cuestiones, muchas cosas las reduce al sexo o al gusto o al amor, quiere tener todo bajo control; no es nada de eso, ni el más agudo y perspicaz sería capaz de comprenderme en este momento. La mujer oye, calla y oye. Algunas no callan, no todas oyen; algunas hablan tanto que es mejor evitarlas, ni siquiera se debe saludarlas; es mejor evitar a esas mujeres… Es mejor evitar la soledad, aunque… ¿quién me libra de la soledad que llevo en el ser? ¿Quién me libra de esa soledad? ¡Nadie! Sólo yo podría librarme, pero ¿cómo? ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo hacer eso? No lo sé. Mejor será que me dedique a hacer algo, cualquier cosa, lo que haya: leer, si, eso es, debo leer, en voz alta, a voz en cuello, debo gritar; en silencio. Me librare de mi, saldré del interior, huiré de él, no quiero estar a solas conmigo.
(...)

7 comentarios:

  1. Warum?
    Why?
    Por qué?

    Si estar solos es grandioso!

    que mejor compañia q nustra sombra!

    me gusto leerte y lo de la nausea.

    Saludos!

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  2. Una multitud trivial... Simplemente no dejar aire para respirar por tu mente es casi un pecado... Sin embargo, no ser social es perder nuestra esencia... Mi estimado amigo, sus palabras son fantasticas...

    Saludos!!!

    seelie

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  3. el mundo tb está en los otros... me gustó el encuentro con el anciano, súper real

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  4. Che Lucio...un abrazo a tus letras, como siempre bien puestas.
    Che quiero tu libro pues, vendeme uno...
    escribime a cronopiotellant@yahoo.com.ar para ponernos de acuerdo
    abrazos

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  5. Loko cuerdo, menos cuerda para los posts, así a ratos puede tediar.

    Saludos.

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  6. Cuánto, cuánto y que bien dichas las palabras. Me gusto el modo que hablaste de estar solo, de no estar con uno y la forma en que haces que se sienta propia.

    Te dejo un beso

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  7. que lindo te encuentras...
    vociferando, en silencio.
    tu interior es insondable
    mientras mas lo exteriorizas mas se va
    el don lo tienes
    no hay q hacer caso a nadie

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